lunes, 3 de enero de 2011

Tan fácil como decir te quiero

     Aún me acuerdo de las primeras miradas tímidas, como tú y yo. De reojo te observaba tomar ese café italiano y notaba como tu mirada me buscaba en el espejo de la cristalera.


     La lluvia caía afuera pero nuestra inquietud palpitaba cada vez más rápido en el corazón. Tú esperabas que yo diese el primer paso y yo, como un estúpido caballero me apliqué el tan popular “las damas primero”. El juego de la seducción, las miradas cruzadas y el tiempo amenazando con poner fin a nuestro encuentro furtivo.

     Pides la cuenta, te pones el abrigo, te colocas el pelo y te levantas. ¡Ahora o nunca! me digo para mis adentros. Estamos a 6 metros, ahora a 3, 2, 1, me miras con intensidad, aguanto la mirada y sonrío, sonríes. Sales a la calle, te sigo y te pierdo. Me apresuro entre la oscuridad de la noche, tu leve taconeo desaparece entre la espesura de la niebla. Un espejismo, soñar despierto, una auténtica tontería. Una ilusión más que va directa a la caja de los deseos de cosas imposibles.


     Decepcionado  y enfadado conmigo mismo giro la primera calle a la derecha. ¿Me buscabas? Dices mientras una sonrisa asoma por tus delicados labios coloreados de carmín.  Sorprendido dudo ante mi respuesta, bajo la cabeza y me la subes con tu dedo índice. Nuestras miradas se cruzan de nuevo, están muy cercas, me quema y entonces cierro los ojos; mis labios buscan los tuyos, los tuyos juegan a esquivar los míos pero pierden. Nos enredamos en un beso y después nos envolvemos en caricias de medianoche. Fue raro pero fue real, no había príncipes ni princesas tan solo dos cuerpos que se llamaban y habían cedido al deseo de lo desconocido.

     Desde entonces hemos pasado cientos de tardes paseando por aquel parque, atardeceres en lo que convertimos nuestro banco favorito. Hemos besado y hemos hablado con la mirada. Éramos cómplices de algo que no sabíamos muy bien qué era pero que no hacía falta etiquetar. Los días pasan y los lazos se estrechan. De repente llega el otoño de la relación o de lo que fuésemos. Las hojas se caen y los sentimientos empiezan a morir. Sembrar en una tierra estéril es como cazar mariposas muertas y las nuestras estaban agonizando. Con una lágrima resbalando por tu cara  me dices que ha llegado el final. Me besas en la mejilla y con los mismos tacones que te conocí te pierdes entre nuestro último atardecer pero yo ya no salgo a buscarte.

     Al cabo del tiempo me envías un mensaje: “hubiese sido tan fácil como decir te quiero” me pongo triste pero no por no haberlo sabido antes, si no por  no haber sentido esas dos palabras. Es duro pero nos dejo continuar nuestros caminos, buscando la tierra donde podamos echar raíces, donde podamos ser felices.

     Los días pasan y las noches, más frías que antes, son mi nueva amante. Miro el reloj y, en cualquier rincón de la ciudad tú haces lo mismo. Busco tu número en la agenda y escribo: gracias por cruzarte en mi camino ojalá y encuentres a ese alguien que pueda decírtelo con el corazón. Al minuto recibo tu contestación: Siempre serás el chico del café, el que lo dijo todo con las miradas pero a veces, hacen falta las palabras. Dejo el móvil sobre la mesa. 

No estábamos hechos para esta historia, el amor latía a dos ritmos diferentes.


Espero que os haya gustado. Os dejo con Michael Nyman -The heart asks pleasure first

0 comentarios:

Publicar un comentario