viernes, 3 de diciembre de 2010

Y entre todas las cosas, tú. PARTE II

     La mañana se presentaba fría, pero fría de cojones. Me levanté con sueño, con el estómago rugiendo, el despertador recordándome que llegaba tarde, la leche demasiado caliente en el microondas, el agua demasiado fría en la ducha y la ropa para el fantástico día arrugada porque se había caído al suelo. Vamos, un comienzo redondo.

    Iba andando por la calle y me encontré con  una señora que cuchicheaba con una vecina sobre la vestimenta de la hija de su hermano: falda muy corta, zapatos de tacón y carmín en los labios. Está acaba mal, afirmó. Yo la miré y pensé que lo que tenía era envidia. Envidia y un aburrimiento mortal para tener que meterse en la vida de los demás. Así que, (aumentando enfado mañanero) la adelante para dejar de oír estupideces y subí el volumen de mi reproductor musical. ¿no os ocurre eso de que cuando no queréis acordaros de alguien aparece una canción que te ayuda a fastidiar tu propósito? ¡bingo! La odiosa canción que me recuerda a ti y el frío que me recuerda que tengo el corazón helado. Todo marcha sobre ruedas, pero cuesta arriba y sin motor.


    Tras cumplir con mis obligaciones volví a casa. A lo largo del día había visto cientos de caras pero ninguna me decía nada. Puse la calefacción, me puse el pijama y cogí un libro: “A veces somos tan egoístas que engullimos sin pararnos a saborear la felicidad de cada momento” Y entonces lo comprendí. La noche anterior había tenido la opción de ponerme las zapatillas, pero preferí darme prisa y saltarme ese paso. Había llegado a la nevera y rechazado cada una de las cosas que había y lo mismo con los cajones a pesar de estar repletas de combinaciones que hubiesen calmado mi apetito. Las estrellas no se habían escondido, simplemente había contemplado una minúscula parte del cielo. El problema no era el mundo, era yo.

      Era el príncipe egoísta y en el reino no había nada porque nada se parecía a ti y eres lo único que quiero en esta vida.  Y mientras una lágrima recorría mi mejilla, una pequeña mariposa dio el último hálito de esperanza en mi interior.


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