Me levanté. Bueno, más que levantarme abrí los ojos. No vi nada, ¡quién va a ver algo en la oscuridad! Miré el reloj del móvil, las 4
AM ¡genial otra noche de
insomnio!

Empecé a dar vueltas en la cama pero ninguna postura me convencía así que me levanté y puse mis pies sobre las frías baldosas. Aquella desagradable sensación me recordó dos cosas: una, que estaba despierto y lo más importante, estaba vivo. Tras mi momento filosófico de madrugada me dirigí a la cocina. Total sabía el camino de memoria por lo que recorrerlo en la oscuridad no supondría ningún problema. Mientras avanzaba por el minúsculo pasillo miles de pensamientos se cruzaban en mi mente. Llegué a mi destino, la nevera. Miré de arriba abajo ¿sería posible que no hubiese nada? Miré por los cajones buscando algún bollo de esos que te hacen sentir felizmente culpable cuando lo engulles pero nada. No estaba o al menos yo no lo veía. Así pues, volví a la nevera a revisar cada estante. Lo que dije antes, nada. Me enfadé con el mundo, con la vecina del quinto y conmigo mismo.
Tras volver a mi cama con la sensación de haber perdido una batalla que consideraba ganada me metí en ella, me arropé con las sábanas de la derrota y me coroné el príncipe triste y patético del castillo olvidado. Vueltas,
ovejas, contar números ¡nada me complacía! Entonces miré por la ventana para entretenerme a contar estrellas. ¡Genial todas habían decidido tomarse la noche de vacaciones, joder! Por arte de magia, a eso de las 5 volví a conciliar el sueño.
0 comentarios:
Publicar un comentario